Una loca visión de la inteligencia nuclear

By | 24 noviembre, 2013


RadiactividadDoy por sentado que los científicos e ingenieros encargados de diseñar armas nucleares están siendo encañonados para que lo hagan. No encuentro otra explicación para su comportamiento. Aunque, bien pensado, puede que estén enfermos, mal de la cabeza o, simplemente, sean unos capullos integrales: de un tipo de flor con olor pestilente.

Con suerte, parte de la información genética que portan sus genes, quedará borrada debido al exceso de radiación recibida y no podrán continuar como nueva especie; sus descendientes seguirán siendo Humanos muy a pesar de sus padres.

Pero, claro, después de que los políticos iluminados permitieran que los científicos locos construyeran los engendros atómicos, esos mismos políticos, o sus hijos, se han dado cuenta de que esas armas son una pesada carga económica, que no mortal, y han pergeñado la tan cacareada reducción de armas nucleares, de cincuenta mil a tres mil.

Pero, vamos a ver, si es simple de entender:

La mayoría de esas armas son más viejas que la pana, amén de inseguras y caras de mantener; por no mencionar – sí – que resultan ser ineficaces en grado extremo. Solo el combustible de los cohetes que las portan, a algunas, es tan tóxico que los técnicos que lo manipulan lo temen más que a la radiación emitida a través de las grietas producidas en el casco de la propia bomba.

Emiten tanta radiación que no es posible mantenerlas ocultas a los ojos de los satélites enemigos, por lo que son fáciles de controlar por su parte.

Con la tecnología actual la mayoría de esas armas no llegarán a su destino, puesto que resultarán fáciles de interceptar, pudiendo ocurrir que los restos caigan en el propio territorio o en el de tus aliados y no en el de tus enemigos con el consiguiente trastorno.

Luego está el asunto de los secarrales en los que pastan las ovejas…

¿Qué a cuento de qué viene esto…? Pues viene a cuento de que no se pueden juntar churras con merinas, aunque las verdad es que sí se pueden juntar, aunque no conviene hacerlo según los designios de la alcaldesa de Madrid, doña Ana Botella.

En otro orden de cosas, tampoco se deben juntar en lo que respecta a los residuos radiactivos, a los procesos en los que se producen y a los lugares en los que se realizan dichos procesos.

No es lo mismo tener una central nuclear cerca de tu casa que tener los residuos de ésta igual de cerca, porque si la central propiamente dicha representa un peligro mínimo para la población,

solo hay que ver cómo los directivos de las empresas propietarias tienen sus residencias familiares y las de sus queridas o queridos algo menos cerca

el almacén de residuos radiactivos representa un peligro igual de pequeño en sí mismo, pero no tanto si pensamos que estos residuos han de viajar desde los centros donde se producen hasta el propio centro de almacenaje.

Dichos lugares de producción no son las adoradas centrales nucleares solamente, sino que pueden ser hospitales, centros industriales varios o, incluso, universidades; aquéllas de las que proceden los mismos lumbreras que, más tarde, se hacen de oro diseñando y, o, fabricando esos artefactos con cuyos despojos, por no decir mierda radiactiva, han de convivir otras personas menos dotadas para la ciencia, menos dotadas para la economía y menos dotadas para darse cuenta del peligroso animal que duerme a la vera de sus viñas ahora resecas o secarrales ahora borrachos de dinero verde fosforescente.

Y, por último, decir que una central nuclear no emite residuos es inexacto, cuando menos, ya que hay que tomar el proceso desde su inicio: extracción y tratamiento del mineral, destrucción y contaminación de la zona donde se encuentra la mina, el mantenimiento de la propia central, que no es poca cosa, y el propio agua que se usa, se calienta y se vierte de nuevo al embalse o río correspondiente.

Aunque esta agua no está contaminada, modifica el medio al que es vertida de forma importante.

Y luego están los deshechos verdaderamente peligrosos, que son el problema principal: los que se producen durante el proceso de fisión y que nadie de los que defienden a las centrales quiere en su casa. Por no hablar de algunos elementos producidos en ciertos tipos de centrales que han sido, y son, usados por los descerebrados para construir esas armas de destrucción masiva que tanto les asustan en manos de otros.

Allí donde se extraía el Uranio, dejó de ser extraído por cuestiones económicas y ahora se pretende volver a extraer por las mismas cuestiones, no se plantea el problema de los residuos radiactivos porque pillan lejos, normalmente en casa de otros:

me gustaría ver la reacción de sus habitantes si se pretendiera devolver el combustible gastado y todos sus subproductos al lugar del que salieron; si fuera técnicamente posible, claro.

Esto último sería extrapolable, en cierta medida, a los lugares donde se sitúan las centrales nucleares y se obtiene un beneficio económico para la zona: se guardan los residuos en las propias centrales, pero eso que debiera asustar no lo hace; otra cosa sería si se pretendiera, en este caso, instalar el centro de almacenaje y procesamiento en las proximidades.

Y, en lo que respecta a la fusión, no hay tritio suficiente para hacerla productiva más allá de 40 o 50 años. El deuterio, y no digamos el hidrógeno, no son lo bastante productivos para hacerlos viables como fuente de energía barata e inagotable, por ahora.

Por cierto, la fusión no es tan limpia como se pretende hacer ver; quedan flecos técnicos por solucionar. Cuando éstos sean solventados, si es que lo son, se hará realidad el sueño.